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    2019-06-10

    Pero en los años noventa, como refere Brito, al inventariarse los resultados de la estrategia de desarrollo y de las reformas adelantadas en la década anterior, es decir ante una revisión “crítica” del “Consenso de Washington”, fue evidente que los costos en términos de inequidad y dualización social fueron mayores que sus beneficios, en tanto crecimiento, estabilidad económica y eficiencia pública. Así, inicia el replanteamiento de la actuación del Estado y de los gobiernos y con ellos América Latina ingresa en la siguiente etapa de las reformas: “las de segunda generación”, las institucionales. Es decir, el diagnóstico se mantuvo en el mismo sentido. Estas reformas que se referen caspase pathway un orden: político, judicial y de la administración pública, se “difundieron” como las coadyuvantes a las metas estipuladas por los organismos económicos. Sin embargo, por su naturaleza implicaron mayor complejidad, pues eran más inciertas y más difíciles de implementar. Por consiguiente, sus posibilidades de éxito dependieron no sólo de la consistencia y el refinamiento de sus detalles técnicos, sino de si el proceso político para aprobarlas e implementarlas era conducente a soluciones, aunque técnicamente no fueran las óptimas, proyectaran estabilidad, adaptabilidad, coherencia y sobre todo, interés público. El problema de la crisis se ubicaría entonces sobre la idea de la voluntad política. Las nuevas propuestas complementarían lo que había quedado pendiente: estabilización macroeconómica y confrontación de los estilos tradicionales de administrar lo público. Con variantes significativas respecto a los instrumentos y objetivos del cambio, se incluyen, tanto el desarrollo institucional como una radical modernización gerencial de la administración pública, además del “perfeccionamiento” del sistema político democrático. El objetivo fue “refnar” las reformas económicas desde diversos ámbitos, por lo cual se inician procesos de reformas presupuestales, tributarias, de política industrial, social y del sistema educativo. Sin embargo, estas acciones se encaminaron a un debilitamiento y fortalecimiento del Estado: debilitamiento (fracaso) de la forma-Estado, y fortalecimiento (éxito) del aparato institucional. La globalización generó una “paradoja del poder del Estado”, porque fue capaz de adelantar aquellas estrategias que podrían aliviar la crisis en la cual se hallaba inmerso, a manera de consenso, entre los factores de legitimidad externos e internos, como ofrecer las bases para una nueva estrategia económica y política en un momento en el que los modelos de desarrollo estaban agotados. Las reformas adoptadas fueron puestas al servicio del capital transnacional, como base social para la reestructuración global del capitalismo. El desmantelamiento de la forma-Estado fue entonces necesario. Por otra parte, los indicadores de impacto de las reformas desde finales de los noventa han intentado proyectar la idea de que el camino establecido es el correcto en términos de mejores garantías y condiciones sociales, sin embargo lo referido es sólo una paradoja más de la lógica del proceso de acumulación y una consecuencia del mismo. Tomemos un indicador: la pobreza y marginación en la región. Según datos del informe (2013), para el 2012 el porcentaje de pobreza y marginación en la región fue de 29.4%, con una tendencia a la baja de 1.8% anual, según proyecciones desde el 2002. Sin embargo, estas cifras contrastan con la situación social y laboral en la región. El mismo informe advierte entre líneas, la preocupación de que la principal ruta para salir de la pobreza, formalmente, se haya agotado: Por otra parte, la relación desigualdad y desconfianza, que complementan la triada analizada por la cepal, tampoco muestra resultados y expectativas óptimas, pues concluye que uno de los grandes desafíos que continúa enfrentando América Latina es la reducción de los elevados niveles de desigualdad en la distribución del ingreso. En la mayoría de los países se observa que un conjunto reducido de la población acumula una gran proporción de todos los ingresos generados, mientras que los más pobres sólo alcanzan a recibir una escasa porción.