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    2019-06-11

    Es un hecho innegable que la descripción que Servando Teresa de Mier plasma en sus Memorias (escritas en las cárceles inquisitoriales de Nueva España entre 1818 y 1820) sobre su estadía forzada en Europa por más de veinte años presenta exageraciones sobre el castigo que la Inquisición española le impone a causa de un sermón guadalupano mal encarado. Las vetas picaresca y hagiográfica que aquel relato mezcla con tintes por momentos satíricos y por otros trágicos, sitúan al lector americano en una Europa en decadencia a comienzos del siglo xix, devastada por guerras internas entre las distintas monarquías y amenazada por cambios políticos avasallantes que ponen en jaque sistemas propios del Antiguo Régimen como el sistema colonial. Sin embargo, estas aventuras desmedidas que poseen poca fidelidad para con el discurso histórico, plasman un momento político, social y cultural caótico en el que las tradiciones comienzan a ser cuestionadas o, al menos, miradas con cierta desconfianza. Así, la trama desordenada de las Memorias mezcla y envuelve a su protagonista en cárceles infrahumanas, escapatorias mágicas y reconocimientos y recompensas desmedidas que sorprenden al lector por su inverosimilitud. Empero, a medida que avanza a tropezones el relato de este letrado criollo novohispano, se descubre una interrelación o tejido muy bien entrelazado entre la trama concéntrica y alucinante de las acciones de este narrador-víctima del sistema axl inhibitor español y la decadencia de las costumbres europeas (en especial de las ciudades-modelo para América como son Madrid, París y Roma). La desmesura de los hechos que a este criollo le suceden (desde una perspectiva pasiva cual víctima del inextricable sistema de poder colonial que lo persigue sin respiro por toda Europa), nacen y dialogan con un ambiente político-cultural caótico europeo y son producto de un mundo al revés que decepciona constantemente las expectativas de este letrado. Este tipo de relato satírico-paródico se focaliza en criticar y desmontar las instituciones de poder europeas (sea la monarquía, la Iglesia, la familia) con fines didácticos-utilitarios para sus lectores americanos. Al respecto, nos resultan muy útiles las perspectivas críticas de Kathleen Ross (91), Ángela Pérez Mejía (78) y Susana Rotker (2005: 156) quienes consideran que la visión satírica de Mier apunta a criticar el eurocentrismo y a desmantelar la autoridad del viajero al parodiar la tradición del viaje europeo y, en especial, el peso irrefutable de los viajes científico-ilustrados por territorios americanos que se realizaron a lo largo del siglo xviii. En consecuencia, se puede pensar a las Memorias de Mier como el intento de un letrado criollo novohispano por mostrarle, revelarle a sus paisanos la otra cara del relato de grandeza europeo, el lado oscuro y obliterado del relato científico-ilustrado que no llega a las costas americanas: “Yo estaba con los ojos vendados como la pobre gente que me escribía de América […] El mundo vive engañado bajo de nombres” (Mier: 224-225). El proceso de desenmascaramiento de los engaños de la grandeza europea, y en particular de los cimientos del poder de la Corona española, está profundamente ligado tanto en el relato de Mier como en el accionar de otros letrados criollos desterrados en Europa, con un quehacer de traducción y retraducción tendiente a conformar una identidad americana. Debido a ello, el trabajo letrado criollo a comienzos del siglo xix consistirá en traducir no sólo textos políticos y culturales que circulaban por Europa y que mostraban, denunciaban y exigían cambios en los sistemas políticos tradicionales vigentes, sino también en retraducir, es decir, domesticar o apropiarse de nociones, ideas ilustradas y flujos de cambio a través de propuestas capaces de aplicarse en el espacio americano. Así, las ciudades europeas promueven entre los desterrados criollos el diálogo fraternal ya sea de criollos pertenecientes a distintas zonas de Hispanoamérica como de letrados americanos y reconocidos escritores y pensadores europeos. De esta forma, se plantea la posibilidad de desmontar el sistema colonial a través de una lucha que se da en el plano intelectual y que requiere de nuevos lenguajes y vías de comunicación que excedan al locus de enunciación colonial y monológico que estipula una relación de dependencia entre América y la metrópoli española. Este desmontaje trae aparejadas nuevas formas de concebir el flujo de ideas ilustradas entre Europa y América así como también genera replanteamientos sobre la disposición de los centros de poder y sus periferias. Al respecto, los letrados criollos recurren a distintos procedimientos para tratar de integrar las contradicciones de un presente americano completamente distinto al de la Europa ilustrada. Esta práctica transculturadora se articula a través de dos estrategias discursivas precisas: el tráfico de ideas ilustradas (Rotker, 2001: 186) y la traducción de la libertad (Rojas: 18). Las mismas consideran el proceso de independencia americana como un trabajo de traducción entendiéndolo cual “acto de comprensión, de interpretación y de negociación” (18). A su vez, esta labor letrada se construye en el vínculo entre las ideas europeas y las necesidades locales y constituye un proceso dinámico que no cesa de modificarse. De esta forma, este trabajo intelectual se piensa como una disputa de poder y de saber sobre el otro ilustrado europeo y, sobre todo, sobre el otro peninsular advenedizo. Las traducciones que realizan los letrados criollos se toman como lecturas formativas tendientes a ver de otra forma a las sociedades americanas sin la tutela colonial, sin su regulación ni vigilancia. Las mismas se ven imbuidas de un carácter utilitario-educativo que busca salidas viables en el pasaje de un sistema político colonizador a otro republicano.